martes, 23 de agosto de 2011

La muerte de la primera

Los aros de hierro que adornaban los tres arcos del Puente de Isabel II brillaban plateados al amanecer. El reflejo de las luces de las farolas encendidas teñía de rayas anaranjadas y onduladas el agua tranquila.
Del interior de la sombra oscura que producía el arco central en el agua, asomó la proa sin pintar de una barca pequeña de madera. El sonido del agua se escuchaba limpio en la silenciosa bienvenida al día. La sombra tomó forma sobre la barca a medida que avanzaba al son del agua, atravesando la línea oscura que delimitaba el puente.
La forma tomó color. El rojo incandescente irrumpió en un escenario apagado y los primeros rayos de la mañana se tornasolaron en él.
La claridad iluminó a una chica atada al mástil de la barca. Su cabeza, ligeramente ladeada hacia la derecha, yacía sostenida por un fino cordón dorado que rodeaba su frente y la fijaba al mástil vertical.
La leve brisa había dejado caer la capucha y liberaba un pelo rubio, que revoloteaba a ambos lados de su cara blanquecina y envolvía el tronco al que estaba atada. Tenía los ojos cerrados, como si estuviera dormida. Bajo ellos, unas ojeras azuladas hacían presagiar que su sueño era eterno.
Justo donde le acababa la pequeña sombra que causaba su barbilla, dos cortes, paralelos y sin una gota de sangre, atravesaban su garganta de punta a punta.
Un viento inesperado abrió la capa que cubría su cuerpo formando dos alas rojas en sus costados, y dejó al descubierto las brillantes líneas doradas que la tenían fijada al barco. Cuatro finos cordones, como el de su frente, la ataban al tronco, uno en los hombros, otro en la cintura, otro en las rodillas y un último cordón en los tobillos. Sus pies descalzos descansaban en la base del mástil. Sus brazos, ligeramente arqueados hacia atrás, y sus muñecas, atadas a la espalda, hacían el contrapeso suficiente para que el cuerpo no se inclinara hacia delante.
La tela roja escarlata de sus ropajes brilló cuando el sol se abrió paso entre las nubes. Y sus rayos la alcanzaron, reflejándose en el oro de los cordones que la sostenían. La imagen fue hermosa por un momento.
El ritual había comenzado.

4 comentarios:

Babel dijo...

Desde que leí la sinopsis del libro, me sentí muy interesada.
Gracias por compartir un extracto, me ha gustado el estilo.
Besotes lectores.

Isabel dijo...

Me he quedado con la boca abierta (literalmente). Ahora sigo más intrigada aún. Me parece una descripción menuda, entramada y brillante. Me gusta tu estilo Miryam!!! Un beso y suerte.

Myriam Millán dijo...

Gracias a las dos. Precisamente quería mostrar el estilo con este fragmento. Es una de las pocas descripciones extensas en la novela.
Myriam

MIMIL dijo...

Muy bonita e intrigante descripción... Muackkkk